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Nº
35
12/3/2023

La complicidad del tiempo

Sobre las cosas que damos por sentado.

Horizonte

El finde pasado fue mi cumpleaños. Fue un fin de semana especial, como me dijeron unas amigas a las que adoro, “un Lollapalooza de cumple” porque arrancaron los festejos el viernes y no terminaron hasta el domingo, aunque si me pongo estricta, hasta el miércoles.

Me dieron muchos abrazos, brindé mil veces. Recibí regalos preciosos, todos especiales. Dos de ellos fueron libros ilustrados, que ya tenía en la mira y los quería en mi biblioteca hace un montón. Que fortuna tener amigues que te conocen.

Ya tenía empezada esta edición y me estaba faltando el libro, y uno de los que me regalaron encaja a la perfección: Horizonte, de Carolina Celas, editado por Periplo en Argentina.

El horizonte es algo que está en todas partes, pero se ve solamente si se lo busca. Es una forma particular de observar. Está allá afuera, pero en realidad está dentro de nosotros. Cuántas cosas damos por sentado y no nos detenemos a apreciar en nuestro día a día. Cuantas cosas ya están dentro nuestro y sin embargo estamos buscando desesperadamente fuera.

Esa búsqueda tiene sentido, sin embargo. Aún a riesgo de sonar trillada, me gustaría retomar estas líneas de Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. El horizonte nos sirve de norte. El horizonte es un deseo.

La mayoría de los deseos que pido al soplar las velas son cosas que ya tengo. Pero las pido igual, para no dar por sentado, para observar, para reconocer que ya llegué y sin embargo, tengo que seguir caminando para mantenerlo.

The Greatest

Entre las cosas que todos damos por sentado suele estar el hecho de que todos tenemos las mismas capacidades. Una de las utopías a las que me gusta aportar mis pasos es un mundo más justo con todas las minorías.

Me gustó mucho este comercial que pone en escena personas usando funcionalidades de accesibilidad integradas en los productos y servicios de Apple desde un enfoque poco frecuente: resalta la autonomía de cada uno de estos individuos. Los usuarios, gracias a experiencias bien diseñadas, pueden ser independientes y utilizar los dispositivos en su día a día sin necesitar de asistencia de otras personas.

Nos queda un montón por recorrer para llegar a este horizonte, pero yo considero que hoy en día es una responsabilidad innegable para quienes trabajamos en diseño crear experiencias accesibles a todas las personas.

Arbitraria

El año pasado, cuando cumplí 28, escribí esta lista. El verdadero ¿quién te crees Macarena para andar dando consejos?

Esta semana, mientras preparaba una clase de entrevistas que voy a dar, justamente para una Diplomatura en Accesibilidad y Usabilidad, me crucé con este texto de Leila Guerriero. Claramente lloré y obviamente voy a incluir unas líneas en la clase de puro capricho. Decidí, a mis 29, compartirte sus consejos:

No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado «Cómo convertirse en escritora», incluido en su libro Autoayuda: «Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven – digamos, a los catorce.» Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo: no, ninguno, nada.
Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que, si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.
Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expónganse a chorros de emoción ajena.
Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.
Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.
Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples, pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar «casa».
Tengan paciencia porque todo está ahí: solo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.
Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.
Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.
Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.
Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan. Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos. Resístanse al deseo de olvidar.
Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.
Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.
Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.
Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya:
«Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas.»
Vivan en una ciudad enorme.
No se lastimen.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.

En qué ando

Leyendo

Hablando de Leila, sigo con su libro Frutos Extraños. Cuando no tengo ganas de leer algo largo encaro alguna de sus crónicas. La de Yiya Murano me hizo morir de risa.

Escuchando

¿Funk, Brasil, plantitas y un video filmado de manera preciosa? I’m in. Llegué a este video mediante el newsletter de Iago Berro (precioso, por cierto) y me encantó.

Viendo

David Hockney, uno de mis artistas preferidos, nos recorre por su sketchbook página por página. Es hipnótico.

Hasta la próxima

¡Buenas! ¿Te diste cuenta que algunas cosas cambiaron? En general estoy conforme con Substack, pero si me devuelven la tipografía serif en los mails no me enojo.

Más arriba conté que formo parte del equipo docente de la Diplomatura de Accesibilidad y Usabilidad de la Universidad Tecnológica Nacional. Es un honor enorme para mí compartir espacio con la gente talentosísima que lo integra. Quizás no lo sepas, pero la ilustración es como mi escape creativo, día a día mi trabajo principal es como diseñadora de experiencias de usuario o UX como todos lo conocemos. Mi identidad Clark Kent. Si tenés ganas de aprender profundamente sobre ese mundo, las inscripciones están abiertas.

Te cuento que ayer corrí mis primeros 5k. Fue hermoso. Lloré al llegar, pero no de dolor sino de alegría. Nunca me imaginé capaz de lograr algo así. Correr, según voy descubriendo, es más mental de lo que parece. Es estar cómoda en la incomodidad del calor, de las pulsaciones que están a mil, de los gemelos que acusan un paso tras otro. Por más que corras sola, lo que importa es toda la gente que corre con vos, la que te espera en la llegada, la que manda un mensaje de aliento, con la que entrenaste semanas enteras. Si para colmo tenés la suerte de tener una amiga pacer (alguien que durante una carrera mantiene un ritmo determinado para ayudar a otros a cumplir sus objetivos) que te anima, que te pasa la botellita de agua, que te dice que ya llegás… ni te cuento. Es tener rueditas en la bici.

¿Me contestás este mail contándome de esa vez que hiciste algo que nunca te creíste capaz? sería hermoso leerte.

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Un abrazo inmenso. Gracias por leerme. Tus minutos nunca pasan desapercibidos para mí. Gracias, de corazón.

Maca

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